Abandone su odio

Abandone su odio

Columna de opinión | Inmigración y dignidad humana

El odio es un sentimiento que siempre está presente, por desgracia, en la sociedad, al igual que el amor, por fortuna.

Ambos conviven en nosotros desde siempre. No aparecen de la nada: se aprenden, se alimentan y, sobre todo, se eligen. El odio nace del miedo, de la ignorancia y de la distancia. El amor, de la comprensión y de la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Cada sociedad, cada comunidad y cada persona decide cuál de los dos cultiva.

En estos días, esa elección se ha hecho visible en el municipio cántabro de Cartes.

A España llegan cada año miles de menores africanos que huyen de la pobreza extrema, de la falta absoluta de oportunidades y, en muchos casos, de realidades donde la supervivencia diaria es ya una lucha perdida de antemano. No llegan por turismo ni por aventura. Llegan porque quedarse significa no tener futuro.

Muchos de esos niños se juegan la vida cruzando el mar en frágiles embarcaciones, las conocidas pateras. Detrás de cada una hay una historia de desesperación y esperanza. Familias que durante años reúnen dinero para pagar a mafias que trafican con seres humanos, no porque quieran desprenderse de sus hijos, sino porque creen —quizá con razón— que enviarlos lejos es la única forma de salvarlos.

Ningún padre entrega a su hijo al mar si tiene otra opción.

A esos niños, a esos seres humanos que han tenido la mala suerte de nacer en el lugar equivocado del mundo, en España se les denomina MENAS, “menores no acompañados”. Una sigla administrativa que corre el riesgo de borrar lo esencial: son menores. Y son personas.

La mayoría llega a las Islas Canarias exhaustos, enfermos, deshidratados tras travesías interminables. España, como país y como sociedad, tiene la obligación legal y moral de protegerlos: darles una cama, alimentación, atención sanitaria y educación. No es caridad. Es humanidad. Es Estado de derecho.

Ante la elevada llegada de estos menores, el Gobierno ha decidido repartirlos entre las distintas comunidades autónomas para que puedan ser atendidos de forma digna. Cantabria es una de ellas. Y Cartes, uno de los municipios donde se ha previsto acoger a un pequeño grupo: apenas 20 niños.

Veinte.

Sin embargo, el anuncio ha provocado rechazo en parte de la población. Protestas, consignas y miedo. Un miedo alimentado durante años por discursos políticos que han convertido al inmigrante pobre en enemigo, que lo criminalizan antes incluso de que tenga nombre o historia. Curiosamente, ese rechazo no se dirige al inmigrante rico. El problema nunca ha sido la cultura, la religión o el color de la piel. El problema es la pobreza.

Conviene decirlo con claridad: estos niños no vienen a quitar nada. No vienen a delinquir. No vienen a imponer nada. Vienen a sobrevivir. Vienen a aprender. Vienen a intentar tener la oportunidad que cualquiera de nosotros desea para sus propios hijos.

¿De verdad creemos que veinte menores tutelados ponen en riesgo un municipio?

¿O lo que realmente está en riesgo es nuestra capacidad de empatía?

Una sociedad no se mide por cómo trata a los fuertes, sino por cómo protege a los más vulnerables. Cartes no se empobrece acogiendo a estos niños. Se engrandece. Cantabria no pierde identidad por ofrecer ayuda. La reafirma.

Abandonar el odio no significa negar los retos de la inmigración ni renunciar a una gestión responsable. Significa no deshumanizar. Significa recordar que detrás de cada sigla hay un rostro, y detrás de cada protesta hay una elección moral.

El odio siempre estará ahí.

Pero también lo estará la posibilidad de elegir el amor, la comprensión y la dignidad.

Abandone su odio.

No por ellos.

Por nosotros.

Antonio Mora
El Portaluco – Diario Digital de Cantabria

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Author: Jorge A. Capote

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Author: Carolina Olivares Rodriguez (Escritora)